sábado, 22 de julio de 2017

Alemania, dos años después del verano de los refugiados

Masas formadas por hombres, mujeres y niños agotados que atravesaban a pie las fronteras de Alemania; centros de acogida de refugiados saturados y con gente acampada a sus puertas; la burocracia y las autoridades germanas superadas por el torrente de peticiones de asilo; un poder político federal, estatal y local que, por momentos, pareció perder el control de la situación. 

Son todas imágenes registradas en Alemania a mediados de 2015, durante el llamado “verano de los refugiados”. Durante ese año, alrededor de 890.000 personas (según cifras oficiales), fundamentalmente procedentes de países como Siria, Irak y Afganistán, pero también de los Balcanes, buscaron cobijo en el país más rico, poblado y poderoso de la Unión Europea. 

Aquello fue todo un test de estrés para la canciller Angela Merkel y su Gobierno, cuya innegociable negativa al cierre de fronteras cosechó enemistades y críticas en el resto de Europa, y también dentro de Alemania: un número considerable de miembros del partido de Merkel, la CDU, comenzó a poner en entredicho la estrategia e incluso el liderato de la canciller; en el bautizado como “verano de los refugiados”, el joven partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) consiguió afianzarse como la tercera fuerza de intención de voto con un 15 por ciento en las encuestas electorales, su hasta ahora mayor porcentaje de intención de voto a nivel federal. Todo un aviso para Merkel, cuya popularidad tocó entonces mínimos históricos. 

Dos años después del “verano de los refugiados”, y a las puertas de unas elecciones federales que Merkel parece abocada a ganar nuevamente el próximo septiembre, ¿en qué punto se encuentra Alemania en su gestión de la llamada “crisis de refugiados”? ¿Qué ha ocurrido con ellos? ¿Hasta qué punto siguen marcado los refugiados la agenda política germana? ¿Cómo está funcionando su integración laboral en un país que objetivamente necesita de inmigración para mantener su modelo económico y su Estado del Bienestar? ¿Han asumido el resto de partidos ciertos postulados de la ultraderechista AfD por pura estrategia electoralista? ¿Concuerda la dialéctica de fronteras abiertas del Gobierno de Merkel con su política migratoria efectiva? 

Deportar: Afganistán, “país seguro” 

“Yo me ofrezco a acompañar a De Mazière a Afganistán y hacerle de traductora. Volamos a Kabul y él me debe mostrar cómo es posible viajar de la capital a otras zonas del país de forma segura… Es muy fácil estar sentado tras un escritorio y declarar desde ahí un país como seguro”.

Esta es la respuesta de Lina Homa, una joven refugiada afgana que ya lleva nueve años en Múnich, a la pregunta de qué le diría al ministro de Interior alemán, el democristiano Thomas de Mazière, respecto a que el Gobierno de Merkel haya calificado a Afganistán como país parcialmente seguro. En efecto, el Ministerio de Migración y Familia y el servicio exterior germanos consideran suficientemente seguras algunas regiones del país asiático como para deportar a refugiados afganos cuyas peticiones de asilo han sido rechazadas. Una calificación que De Mazière ha defendido en público una y otra vez.

Pero la realidad es terca: el pasado 31 de mayo, un coche bomba golpeó el centro de Kabul. El atentado dejó decenas de muertos y heridos, y destrozó por completo la fachada de la embajada alemana en la capital afgana. Las imágenes de destrucción no tardaron en llegar a Alemania y de desmontar la posición oficial del Gobierno federal respecto a la situación de seguridad en Afganistán, un país que todavía sigue objetivamente golpeado por el terrorismo, la violencia y el galopante desempleo.

Yasin Rahmati y Lina Homa. (Thomas Lobenwein)

“Deberían dejar de engañarse a sí mismos”, sentencia Lina sobre aquellos que defienden la postura de Berlín sobre su país de origen. A esta joven, sus padres la metieron en un avión con dirección a Fráncfort hace casi una década. Entonces tenía 16 años. Su familia era consciente de que ya no estaba en disposición de garantizar la seguridad de su hija en Afganistán. Al llegar sola y como menor a las fronteras alemanas, las autoridades del país se vieron obligadas a hacerse cargo de ella.

Lina habla hoy alemán prácticamente sin acento y está absolutamente integrada. La suya es una historia de éxito entre los centenares de dramas que viven los refugiados llegados a Alemania durante los últimos dos años. A su lado se encuentra Yasin Rahmati, un joven afgano que apenas lleva 21 meses en el país. Lina y Yasin forman parte de la asociación juvenil Heimaten, con sede en Múnich. Ambos trabajan en la integración de jóvenes procedentes de Siria, Irak, Afganistán, Sierra Leona, Somalia y Uganda. Lina tiene hoy un permiso de residencia; Yasin sigue esperando a una respuesta de las autoridades alemanas a su petición de asilo. Sabe que si esta es rechazada, lo más probable es que lo deporten.

“La gente tiene miedo porque cualquiera puede ser deportado en cualquier momento. Y ese es un pánico que afecta no sólo a los refugiados afganos, sino también de otros países”, asegura Marianne Seiler, la directora de la asociación Heimaten. Un pánico que se metió a finales del pasado mayo en millones de hogares alemanes a través de sus pantallas de televisión: decenas de policías, entre ellos algunos agentes de las fuerzas especiales bávaras, ejecutaban la orden de deportación de un refugiado afgano de 20 años en la ciudad de Núremberg. El joven fue sacado por la fuerza de un aula de la escuela en la que estaba cursando una formación profesional. Algunos de sus compañeros intentaron evitar que la policía se lo llevase. Los agentes reprimieron duramente la resistencia pasiva de los escolares. Unas imágenes difícilmente vendibles por el Gobierno alemán para defender su actual política migratoria. No todo son puertas abiertas en Alemania.





“Desde 2015, es evidente que la política, tanto a nivel federal como en los Estados federados, ha buscado vías para aumentar la cifra de deportaciones y limitar los derechos de los refugiados. Ya en los meses posteriores al verano de 2015 vimos como se hacía efectivo el endurecimiento de leyes”, asegura Stephan Dünnwald, miembro del Consejo Bávaro de Refugiados.

Desde el “verano de los refugiados”, el Parlamento federal alemán, con los votos de la Gran Coalición conformada por conservadores y socialdemócratas, ha aprobado diversos endurecimientos de la Ley de Asilo; unas reformas que dificultan la reunificación familiar de refugiados que no son reconocidos como tales por las autoridades alemanas, que limitan su libertad de movimiento en territorio alemán, que facilitan su retención, hacen más sencillo el procedimiento de expulsión de personas con pocas perspectivas de conseguir asilo e incluso permiten que las autoridades intervengan los móviles y las comunicaciones de aquellos refugiados que no tengan documentos para acreditar su identidad. Estas reformas legislativas han sido criticadas por organizaciones pro Derechos Humanos.

Además de la innegable amenaza yihadista, Stephan Dünnwald no tiene dudas del papel jugado por los ultras de AfD, cuya presión electoral parece haber alimentado ese giro a la derecha de la política migratoria del Gobierno encabezado por Merkel. Las consecuencias del endurecimiento de la Ley de Asilo permanecen invisibles en la mayoría de ocasiones, pero en ocasiones deja paradigmáticas imágenes como las de la violenta deportación del joven afgano en Núremberg.

Merkel logra su objetivo 

Según estadísticas oficiales, la cifra de peticiones de asilo se ha reducido exponencialmente en los primeros seis meses de 2017 respecto a los dos años anteriores: en 2015, Alemania recibió casi medio millón de peticiones de asilo; en 2016, esa cifra rozó los 800.000 refugiados; entre enero y junio del presente año, las peticiones de asilo superaron ligeramente las 111.000. Eso supone una caída del 73 por ciento respecto al mismo periodo de 2016. El acuerdo entre la UE y Turquía y el cierre de la ruta de los Balcanes han sido la clave de esa reducción, a la que también parece haber contribuido el endurecimiento de la legislación alemana que disuade a muchos refugiados de presentar su solicitud de asilo.

Angela Merkel consigue así uno de sus grandes objetivos coyunturales: sacar la llamada “crisis de refugiados” (que suponía un claro lastre para su nueva candidatura a la cancillería) de la primera línea de la agenda política en pleno año electoral. Y ello sin tener que prescindir del cartel de gran defensora de la política de fronteras abiertas y de acogida de refugiados, a pesar de que la realidad de su gestión apunte en otra dirección: el rechazo de peticiones de asilo crece, obtener el estatus de refugiado cada vez es más difícil en Alemania.

Ello no deja de ser paradójico en un país profundamente envejecido y que necesita objetivamente de la inmigración para combatir a corto y medio plazo la grave crisis demográfica que sufre y que pone en peligro su modelo económico y su Estado del Bienestar. No es menos paradójica la actual situación en el mercado laboral alemán: muchos empresarios siguen sin poder cubrir la demanda de mano de obra en numerosos sectores, mientras refugiados con un alto potencial de inserción laboral (o incluso ya con una oferta de empleo) no reciben un permiso de trabajo por proceder de países considerados “seguros” y ser candidatos potenciales a la deportación. Es complicado no distinguir la sombra del ultraderechismo populista de AfD y del electoralismo cortoplacista en la gestión que el Gobierno federal hace de los refugiados desde el verano de 2015.

La economista Yvonne Giesing, de instituto muniqués Ifo, ha elaborado un estudio sobre la integración de los refugiados en la capital bávara; en él, Giesing constata que con paciencia y voluntad política buena parte de los refugiados pueden encontrar un futuro laboral en Alemania pese a las dificultades idiomáticas y la reconversión formativa en muchos casos necesaria. Pero también demuestra que hay obstáculos burocráticos difíciles de entender en un país que necesita mano de obra: “En Alemania, da igual si trabajas o no para la evolución de tu proceso de asilo. Es una cuestión que ni siquiera es planteada por las autoridades”.

La economista no entiende por qué la ley de asilo alemana está absolutamente desconectada de la situación laboral de los candidatos a obtener el estatus de refugiado. Ello genera situaciones absurdas, como, por ejemplo, que un peticionario de asilo que ha encontrado una formación profesional o un empleo no pueda acceder a un permiso de trabajo porque su solicitud de asilo todavía no ha recibido respuesta. O incluso peor: que un refugiado con un puesto de trabajo asegurado sea finalmente deportado a su país de origen por ser este considerado “seguro” por las autoridades alemanas. La economista del Ifo instituto considera este tipo de decisiones son un tiro en el pie al sistema productivo alemán y aconseja encarecidamente al Gobierno de Merkel conectar la legislación migratoria y de asilo con la expedición de permisos de trabajo para evitar escenarios kafkianos.

¿Una nueva ola? 

El acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía, de momento, aguanta. Sin embargo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha amenazado repetidamente con cancelarlo. Para el autócrata turco es evidente que los refugiados son una simple baza negociadora. Si el acuerdo entre Bruselas y Ankara acaba por hundirse, de poco servirá que la ruta de los Balcanes esté ahora cerrada. Será prácticamente imposible evitar que se repitan las imágenes del “verano de los refugiados” registradas en las fronteras alemanas en 2015.

La mayoría de expertos consultados para este reportaje coinciden en apuntar que Alemania está hoy mejor preparada que hace dos años para hacer frente a una nueva ola de refugiados: existen unas sólidas estructuras de acogida, la comunicación entre los diferentes niveles estatales está mejor engrasada, está más claro a qué nivel de gobierno corresponde cada competencia.

Lo que, sin embargo, parece impredecible es el coste político que podría tener para el sistema de partidos tradicionales una llegada de refugiados similar a la de 2015. El surgimiento y establecimiento de los ultraderechistas de AfD, que hoy siguen peleando por convertirse en la tercera fuerza parlamentaria del Bundestag, es buena prueba de ello. Tal vez por ello no pocas figuras del actual Gobierno federal dan ya definitivamente por superada la “crisis de refugiados”.

“Es un gran error dejar de prepararnos para la llegada repentina de más refugiados”, advierte Petra Bendel, politóloga de la Universidad de Erlangen-Núremberg. “Es un autoengaño pensar que no volverá ocurrir algo similar a lo del verano de 2015. Todos los indicios y todos los escenarios apuntan que puede volver a pasar en cualquier momento”.

Reportaje publicado en El Confidencial.

viernes, 12 de mayo de 2017

‘Factor AfD’: cómo la nueva ultraderecha podría influir a Alemania

“¿Y si AfD tiene razón?”. Con esta pregunta nada ingenua y también algo provocativa titulaba recientemente el semanario Die Zeit un excelente artículo sobre el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), una formación de poco más de cuatro años de edad que, si no hay sorpresas de última hora, entrará en el Bundestag tras las elecciones federales del próximo 24 de septiembre. 

El artículo publicado por el semanario conservador y referencial busca las razones por las que un partido de posiciones hipernacionalistas, islamófobas y euroescépticas es apoyado actualmente, según la mayoría de encuestas de intención de voto, por alrededor de un 9% de la población alemana. Un enfoque que habría sido difícilmente imaginable hace un par de años en una publicación como Die Zeit; y es que hasta hace bien poco, AfD era más bien objeto de mofa o rechazo en el espacio público alemán más que de un análisis riguroso y sistemático. 

A falta poco más de cuatro meses para las elecciones federales, y a la vista de que AfD sigue luchando por convertirse en la tercera fuerza más votada, la prensa alemana comienza a preguntarse seriamente hacia dónde va la nueva ultraderecha y, de paso, hacia dónde se podría dirigir el país más poderoso de la UE con un partido netamente ultraderechista con facción propia dentro del Bundestag, una situación prácticamente inédita desde la fundación de la República Federal de Alemania en 1949.  

Incómodo espejo 

AfD es el reflejo de una Alemania hipernacionalista, xenófoba y antieuro que sí que existe, un incómodo espejo al que el establishment del país más rico y poblado de la UE ha intentado evitar mirarse durante los últimos años (marcados por la crisis de deuda europea y por la llegada de cientos de miles de refugiados), pero que se hace cada vez más inevitable de afrontar a medida que se van acercando unas elecciones federales en las que Angela Merkel aspira a la cuarta reelección como canciller. 

Tras el congreso celebrado en 2015, que supuso la derrota y el abandono del partido de Bernd Lucke, exlíder y cofundador de una formación nacida desde posiciones euroescépticas y neoliberales para avanzar hasta el ultraderechismo, la mayoría de politólogos, analistas y periodistas del país dieron por muerta y enterrada a AfD. La realidad se encargó de enmendar ese vaticinio: actualmente, el partido ya está presente en 12 de los 16 parlamentos regionales del país y apuntan irremediablemente al Bundestag. 

Melanie Amann, reportera del semanario Der Spiegel especializada en AfD y autora del libro recientemente publicado Angst für Deutschland (Miedo por Alemania), reconoce que también erró en sus pronósticos sobre el joven partido ultraderechista. Amann siguió de cerca el último congreso de AfD, celebrado el pasado mes de abril en Colonia, y que tumbó el hasta hace bien poco indiscutible liderazgo de Frauke Petry. El congreso se desarrolló como era de esperar: el partido salió aún más radicalizado tras la derrota de la fracción más pragmática y relativamente moderada encabezada por Petry. 

Pese a las constantes disputas internas que han acompañado a AfD prácticamente desde su fundación, Amann considera que la formación difícilmente se descompondrá hasta las elecciones de septiembre, como apuntan algunos medios alemanes que parecen más interesados en enterrar a la formación ultraderechista que en explicar honestamente las razones de su avance electoral. “El partido sigue siendo unitario y Petry sabe cuánto trabajo supone levantar una formación política. También sabe lo que ocurrió con Bernd Lucke. Si te quedas fuera de AfD, te quedas fuera del partido y te conviertes en una figura irrelevante”, analiza la periodista de Der Spiegel

El análisis de Amann apunta a un aspecto fundamental para entender AfD y su futuro cercano: el partido ultraderechista no necesita un líder indiscutible e incuestionable para sobrevivir a corto plazo. AfD no tiene una clara cabeza visible, sino que es más bien un fenómeno político multidimensional que cataliza un malestar social un tanto amorfo y difícil de describir, pero fácilmente detectable en una parte nada despreciable de la sociedad alemana que está cansada de los partidos tradicionales y parece ávida de una enmienda a la totalidad del estado de las cosas desde posiciones “políticamente incorrectas”, ultraconservadoras e hipernacionalistas. 

Ese malestar social se expresa políticamente a través del voto de AfD, un partido que ya ha tumbado a dos líderes que parecían intocables (Lucke y Petry) y que se autoalimenta electoralmente sin la necesidad de figuras mesiánicas y pese a las constantes disputas internas. De su congreso de Colonia, AfD salió con una candidatura encabezada por el nacionalconservador Alexander Gauland y por Alice Weidel, una ultraliberal abiertamente lesbiana. “Se trata de una elección estratégica. Alice Weidel es una economista homosexual que puede tener un gran impacto en las clases medias, pero con una retórica muy agresiva que también puede alcanzar posiciones muy derechistas; Alexander Gauland es un antiguo miembro de la CDU y, por tanto, una figura con la que los conservadores alemanes fácilmente se pueden identificar”, asegura Timo Lochocki, politólogo e investigador de la German Marshall Fund

Con el freno en seco de las aspiraciones de Petry, que había acumulado demasiado poder e incomodaba a las bases, y el establecimiento de una candidatura coral para las próximas elecciones federales, AfD demuestra que las posiciones ultraderechistas no están reñidas con la sagacidad política en Alemania, cuyo tablero político hace tiempo dejó de ser inmune al avance de la extrema derecha que está sufriendo buena parte de Europa. 

Posibles consecuencias 

Llegados a este punto, vale la pena hacerse las siguientes preguntas: ¿qué consecuencias tendrá para Alemania la más que probable entrada de AfD en el Bundestag el próximo septiembre? ¿Cómo podría afectar el llamado ‘factor AfD’ al país más poblado, rico y poderoso de la UE? 

En primer lugar, la llegada de los ultraderechistas al Parlamento federal alemán tendrá un impacto numérico: el próximo Bundestag será, con casi seguro seis fracciones, muy probablemente el más fragmentado de la historia reciente de Alemania. Ello dificultará aún más la formación de gobiernos de coalición. A día de hoy, y con las actuales encuestas de intención de voto sobre la mesa, la única coalición verosímil es la reedición de la Gran Coalición de conservadores y socialdemócratas. Una que alimenta el discurso de que los dos grandes partidos son iguales, que banaliza el siempre necesario debate político y que refuerza las tesis de la antipolítica defendidas por AfD. 

En segundo lugar, con los dos pies dentro del Parlamento federal, AfD podrá marcar aún más claramente la agenda que ya hace meses que viene haciendo con una comunicación política agresiva y con radicales campañas canalizadas fundamentalmente a través de Internet. No en vano, AfD es el partido alemán con más seguidores en Facebook, por delante incluso de las dos principales formaciones del país, la CDU de Angela Merkel y el SPD de Martin Schulz, los dos únicos candidatos con posibilidades reales de alcanzar la cancillería tras las próximas federales. Sin estar presente en el Parlamento federal, AfD hace tiempo que tematiza asuntos incómodos para el resto de partidos. Desde dentro del Bundestag, esa posición muy probablemente se acentuará, aún más si los ultras son al final el tercer partido más votado y lideran la oposición parlamentaria. 

Y en tercer lugar, la entrada de AfD en Bundestag sentará un simbólico y nada halagüeño precedente: la ultraderecha volverá a la política federal alemana por primera vez en las últimas siete décadas tras superar la barrera electoral del 5%. La mítica frase del padre de los socialcristianos bávaros, Franz Josef Strauss (“A la derecha de la CDU-CSU no puede haber ningún partido democráticamente legitimado en Alemania”), pasará así a la historia gracias a una transversalidad política que la ultraderecha alemana hasta ahora había sido incapaz de alcanzar en la historia de la República Federal: AfD recibe el apoyo de antiguos votantes de prácticamente todos los partidos políticos establecidos, del abstencionismo y también de nuevos electores. 

¿Supondrá la llegada de AfD al Bundestag un cambio de paradigma en el tablero político alemán? La entrada de un partido ultra en Parlamento federal de Alemania, opina el politólogo Timo Lochocki, generará un debate dentro de los dos grandes partidos del país (CDU y SPD) sobre su futura orientación ideológica y su comunicación política para recuperar los votos perdidos que han recalado en AfD. Lochocki opina que un crecimiento mantenido de AfD podría incluso desembocar en posibles futuras coaliciones entre la CDU y AfD, lo que supondría un claro giro a la derecha de Alemania. 

En todo caso, y a corto plazo, la entrada de los ultraderechistas en el Bundestag impedirá una coalición alternativa de centroizquierda conformada por los socialdemócratas del SPD, los poscomunistas de La Izquierda y los ecoliberales de Los Verdes. La Gran Coalición parece estar así ya más que sellada para la próxima legislatura. Una reedición de un Gobierno entre los dos grandes partidos alemanes que muy probablemente reforzará la estrategia dialéctica de AfD: los ultras seguirán presentándose (con probable éxito electoral) como la única oposición real dentro del país más poderoso y rico de la UE. 

Análisis publicado en el portal Esglobal.org.


Este artículo se enmarca en la preparación de El retorno de la ultraderecha a Alemania, el primer libro en castellano sobre el partido ultra AfD, que estoy coescribiendo con el politólogo Franco Delle Done. Puedes apoyarnos en este enlace: https://libros.com/crowdfunding/el-retorno-de-la-ultraderecha-a-alemania/

sábado, 1 de abril de 2017

Rana Zamadani: feminista radical, conservadora y antiislamista

Rana Zamadani. Foto: Jörg Schulz_Chuck Knox Photography.
“La mayoría de los hombres musulmanes tienen un problema de violencia”; “las mujeres musulmanas (…) también son culpables. (…) Las madres educan a sus hijos como príncipes y machos, a sus hijas, como sirvientas de los hombres”; “los musulmanes exigen y reciben un tratamiento especial”; “el pañuelo en la cabeza y una sexualidad en libertad son una paradoja, se contradicen”; “hemos perdido la batalla contra el hiyab [cubrimiento de la cabeza de la mujer por cuestiones religiosas] por ser una sociedad tan tolerante”. 

Todas estas frases, sacadas de contexto, podrían llevar a pensar que fueron escritas por un político o intelectual ultraconservador de tendencias hipernacionalistas e islamófobas tan de moda actualmente en Europa. Nada más lejos de la realidad: la autora es una feminista radical, de valores conservadores, origen albanés y discurso políticamente incorrecto e incómodo prácticamente con todos los partidos políticos de Alemania. Su nombre es Zana Ramadani y su historia, extraordinariamente excepcional. 

Nacida en Skopje, Macedonia, en 1984, Zana llegó a Alemania a la edad de 7 años de mano de su familia, que huía de la desintegración de Yugoslavia. Tras constantes conflictos con los valores musulmanes de sus padres y tíos, con 18 años decide huir de casa. Después de casarse con un alemán, hacer carrera profesional y ganar mucho dinero en el sector financiero y en diferentes bufetes de abogados, decide abandonar su cómoda vida para cofundar FEMEN Alemania. Comienza así a participar en acciones directas contra la prostitución, contra políticos considerados por las activistas como machistas y misóginos, y contra representantes del patriarcado gobernante contra las que integrantes de FEMEN militan.

Zana está hoy separada y su carrera profesional es historia. Sus intervenciones junto con otras activistas de FEMEN Alemania, como la que protagonizó en la final del reality show televisivo Germany’s Next Topmodel en 2013, le han pasado factura. También dentro de su propio partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) liderada por la canciller Angela Merkel, en el que a pesar de todo sigue militando.

¿Es Zana el prototipo de un feminismo conservador poco conocido y explorado? “Soy muy conservadora”, declara Zana Ramadanil, “pero eso significa tener unos determinados valores que no obligatoriamente tienen una connotación negativa. Mis valores descansan sobre el humanismo y el feminismo. Eso significa no cerrar los ojos antes problemas y llamar a las cosas por su nombre para fomentar el debate. Sólo a través del debate me puedo desarrollar yo y se puede desarrollar la sociedad”.

Feminista radical, conservadora, militante de la CDU, azote de los barones misóginos de su partido, crítica implacable de lo que ella califica de “Islam político” y del rol de las madres musulmanes a la hora de plantar la semilla del conservadurismo religioso en los jóvenes musulmanes nacidos y crecidos en Alemania. Quien navegue en la biografía de Zana Ramadani, encontrará una figura compleja, poliédrica y también profundamente contradictoria.

“Delirio tolerante” 

'El peligro encubierto. El poder de las madres musulmanas y el delirio tolerante de los alemanes' es el título del primer libro de Zana Ramadani, recién publicado en Alemania; con él, la activista se ahorra el estilo políticamente correcto y lanza una tremenda crítica contra buena parte de la comunidad musulmana residente en su país y en el resto de Europa. Su tesis: es absurdo argumentar que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con Islam. Los terroristas yihadistas son, al fin y al cabo, musulmanes y su radicalización nace en el seno de la religión que profesan.

En opinión de Ramadani, el denominado Islam político, doctrina cuyas reglas nacen de una interpretación ortodoxa del Corán y que pretende intervenir en todas las dimensiones de las sociedades que dominan, alimenta ese fanatismo religioso. Y buena parte de los integrantes de las comunidades musulmanas europeas apoyan activa o pasivamente ese islamismo o Islam político.

Zana también también critica lo que ella considera tolerancia mal entendida de una parte de la sociedad alemana. “¿Por qué un demócrata alemán no debería criticar la religión islámica mientras sí discute valores controvertido del cristianismo y el judaísmo? ¿Y por qué no debería decirle a los líderes musulmanes: 'tenéis que aceptar que vuestro profeta sea caricaturizado, así como nosotros no enviamos un comando suicida cuando el Papa es representado en una portada con una mancha amarilla sobre sobre su sotana'”.

La crítica de Zana al Islam y al islamismo es implacable, sin concesiones. Su libro combina experiencias personales con referencias académicas y periodísticas. Su pecado reside tal vez en que la conclusión del ensayo esté ya implícita en la tesis inicial. Y también que algunos de sus párrafos contengan ciertas generalizaciones no justificadas que parecen buscar más la provocación que el fomento del sano debate. “Entre los musulmanes crece un preocupante número de personas fanáticas y preparadas para usar la violencia”, escribe por ejemplo Zana sin ofrecer referencia estadística o académica alguna.

“Yo nunca quise generalizar con mi libro”, asegura la autora a El Confidencial. “Solamente he intentado escribir de manera clara y nítida. Sin embargo, eso ya no parece ser habitual, y por eso creo que muchas personas encuentran que mi libro es provocador. Eso es triste. Si hubiese intentado escribir para evitar que el libro pudiese entenderse como una provocación o una generalización, seguramente habría relativizado muchas cosas. Y en ese caso, habría sido mejor no escribirlo”.

En un momento en que la ultraderecha de tintes islamófobos gana terreno en Alemania y otros países de Europa, la pregunta se hace inevitable: ¿no tiene miedo de que su libro y sus intervenciones públicas sean manipuladas por el creciente populismo xenófobo de partidos como Alternativa por Alemania? “Yo tengo derecho a criticarlo todo y a ponerlo todo en entredicho, y eso no significa que sea racista”, responde tajante Zana, que quiere dejar claro su absoluto rechazo y distanciamiento de las posiciones de formaciones como AfD y de movimientos ultras como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).

Zana incluso va más lejos: cree que libros como el suyo sirven para combatir el discurso políticamente correcto sobre el Islam, que, en su opinión, ha alimentado las tesis islamófobas de AfD. “No creo que AfD haya surgido porque los alemanes se atrevan por fin a expresar su racismo en público. Surge del miedo y la frustración ante las élites y los actuales gobernantes. Y ahí incluyo también a mi partido, la CDU. No creo que los ciudadanos hayan contribuido al surgimiento y el avance de AfD, sino los gobernantes. El problema es que las elites políticas no han reconocido ese error hasta hoy. En lugar de buscar a los ciudadanos, hablar con ellos y preguntarles por qué votan a AfD, les dicen que son tontos y nazis por votar a ese partido. Hay políticos cercanos a Merkel que siguen sin reconocer errores y que piensan que los problemas se solucionarán solos. Hay incluso parlamentarios que insultan a votantes a través de twitter por apoyar a AfD. Si yo soy una de esas ciudadanas, ¿votaría nuevamente por ellos?”

Coste personal 

El activismo de Ramadani no deja de ser contradictorio: feminista radical, defiende los valores conservadores basados en el humanismo cristiano que representa la CDU de Merkel, en el seno de la cual reconoce que también hay una parte de “fundamentalismo cristiano” respecto a cuestiones como el matrimonio homosexual o la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo. Zana confiesa además que sus acciones en FEMEN le costaron el rechazo dentro de los círculos conservadores en los que ella se ha movido desde que comenzó hacer política y a labrarse una carrera profesional. “En los ámbitos en los que he trabajado, este tipo de activismo no ayuda encontrar un empleo”, dice Zana, ahora mismo desempleada y en búsqueda de un trabajo que de momento no llega.

El coste personal del activismo de Zana también impactó en la relación con su familia de origen albanés, ya de por sí históricamente complicada. “Durante un año no tuve ningún contacto con mi familia, hasta que mi padre decidió retomarlo. Desde entonces la relación es intermitente, con fases buenas y malas. El caso de mi madre es complicado: por una parte, no me desea nada malo, pero por otra, no puede separarse de su valores. En todo caso, este libro no es ningún ajuste de cuentas con mi familia. Sólo quiero cambiar algo para la próxima generación”.

La cofundadora de FEMEN Alemania tiene una hermana y un hermano, ambos menores que ella. De este último dice: “Con 24 años, es el buen musulmán de la familia. Él puede permitírselo todo. Puede beber alcohol y salir. Pero a nosotras nos echa en cara que salgamos con chicos y que bebamos, nos dice que nos comportamos como putas. En los círculos religiosos musulmanes, el comportamiento de mi hermano es paradigmático. Y nuestra familia no es especialmente conservadora. Son cosas que yo viví en el seno de una familia musulmana liberal. ¿Cómo habría sido mi vida si hubiese crecido en una familia musulmana conservadora? Prefiero no imaginármelo”.

Miedo al futuro 

 Zana Ramadani está embarazada. Espera un hijo de un hombre que su familia todavía no conoce. Ni siquiera sabe si su familia accederá algún día a conocerlo. Desde que Zana apostase por el camino del activismo, la incertidumbre marca irremediablemente su vida. Y también el miedo al futuro. “Tengo miedo de cómo se desarrollan las comunidades islámicas aquí en Alemania, de que en el futuro vea mis libertades individuales coartadas y de que me tenga que subyugar nuevamente a la voluntad de una comunidad”, asegura.

“Desde que hago política y soy activista, vivo con amenazas de muerte. Tomo una serie de medidas de seguridad personales, pero no me puedo permitir guardaespaldas. Recibo amenazas tanto de círculos islamistas, como de círculos izquierdistas y derechistas”, dice Zana sin perder una expresión de relativa calma, para añadir: “Ahora quiero hacer un curso de uso de armas para poder defenderme a mi misma ya que el Estado alemán no está dispuesto a hacerlo”.

Esta feminista atípica y militante se niega a que las amenazas le tapen la boca. Una boca de la que, durante la larga e intensa conversación con este periodista, salieron frases políticamente incorrectas e incómodas con casi todas las tendencias políticas presentes en su país de adopción: “Las asociaciones de musulmanes en Alemania son, por lo general, fuertemente islamistas y buscan cualquier cosa menos la convivencia”; “el Islamismo nunca puede ser democrático, contiene todos los elementos negativos de esa religión”; “también veo fundamentalismo cristiano dentro de la CDU, y sí, ese fundamentalismo también tenemos que combatirlo”; “debemos pelear contra toda forma de racismo, también contra el practicado por los musulmanes”; “estoy dispuesta a aceptar cualquier tipo de creencia, pero hasta un determinado punto. Y cuando las religiones sobrepasan ese punto, hay termina también la tolerancia”.

Perfil publicado en El Confidencial.