sábado, 28 de abril de 2018

"La transición española no fue tan perfecta como nos contaron"

El año 2010 fue un punto de inflexión en la historia reciente de España: tras el intento frustrado del juez Baltasar Garzón de llevar a juicio los crímenes cometidos por la dictadura de Franco, la jueza argentina María Servini asumió desde Buenos Aires una causa que parece todavía hoy inviable en el sistema judicial español. La Ley de Amnistía de 1977 supuso aceptar la prescripción de los crímenes cometidos por el régimen y sus colaboradores durante 40 años, a cambio de la liberación de unos cientos de presos políticos. 

Más de cuatro décadas después de la muerte del dictador, algunos jueces españoles siguen denegando el derecho de los familiares de las víctimas a ser, al menos, reparados simbólicamente. No en vano la larga sombra del franquismo se sigue proyectando sobre la vida política y las instituciones de un país que atraviesa una grave crisis política e institucional que algunos analistas se atreven incluso a calificar de crisis de régimen y constitucional. El conflicto catalán podría ser sólo el último de una serie de síntomas. 

En este agitado contexto histórico, los documentalistas e investigadores Lucía Palacios y Dietmar Post mostraron por primera vez en la pasada edición del festival de cine de la Berlinale su documental: La causa contra Franco: ¿el Núremberg español? Con él lanzan incómodas preguntas sobre el bloqueo institucional a la investigación de los crímenes franquistas que apunta a una precaria y dudosa separación de poderes en la monarquía parlamentaria española. Nos reciben en su oficina de Berlín.

Fotografía de Sergi Solanas. © 

¿Dónde nace la idea de su última película? 

Lucía Palacios (LP): Hicimos una película anterior sobre el franquismo, que se titula Los colonos del Caudillo. Esa película culmina en 2010 con una gran manifestación en apoyo al juez Baltasar Garzón, que iba a ser juzgado por prevaricación, no por el intento de investigar los crímenes del franquismo, sino por otro caso curiosamente relacionado con la corrupción del Partido Popular. Los colonos del Caudillo termina justo en ese momento. Era un tema que ya nos tenía atrapados y queríamos seguirlo. 

Dietmar Post (DP): Cuando en 2008 Garzón intentó llevar a juicio a los golpistas [el golpe de Estado de 1936 que generó la posterior Guerra Civil Española], en realidad queríamos hacer una película sobre el juez. Pero como ya estaban en marcha otros proyectos cambiamos de idea. Al acabar nuestra primera película sobre el franquismo, que precisamente termina con la querella argentina, nos dimos cuenta de que había mucho interés. La causa contra Franco: ¿el Núremberg español? nace de una manera casi orgánica. Digamos que Los colonos del Caudillo dio paso de forma casi natural a su siguiente película. 

LP: Efectivamente. La manifestación a favor de Garzón, una de la más numerosas de la democracia española, nos impresionó mucho. También nos impresionó mucho una manifestación paralela de la Falange [partido fascista español]. Ahí nos dimos cuenta de que había que seguir con el tema.

¿Creen que el tópico de las dos Españas se corresponde con la realidad, casi 80 años después del inicio de la Guerra Civil Española? 

DP: Depende. Si miramos los libros de historia, nos podemos hacer la siguiente pregunta: ¿de quién es y a quién beneficia la idea de las dos Españas? Claro que las dos Españas existen de alguna manera y no sólo es un tópico. Hubo una España conservadora, rancia, antimoderna, que quiso evitar el progreso del pueblo español. Una España que, en el fondo, se rebeló contra una democracia. La otra España era mucho más diversa; no solamente eran socialistas, anarquistas y comunistas (aunque estos eran muy pocos en España en la década de 1930), en ella también había gente liberal, conservadores, como es el caso del Partido Nacionalista Vasco, que es conservador y católico. 

¿Quieren decir que la narrativa de las dos Españas la establecieron los vencedores? 

LP: Yo veo eso un poco simplista, porque el poeta Antonio Machado, por ejemplo, ya hablaba de las dos Españas. Algo de lo que nos hemos dado cuenta, y no somos los únicos, es que cuando se habla de Guerra Civil o de guerra entre hermanos, se iguala a las dos partes que están en conflicto. Nosotros hablamos más bien de una guerra de invasión, literalmente, porque como sabemos el Ejército invadió territorialmente España, el territorio de la península, desde África, además de la intervención de los ejércitos alemán e italiano. Todo eso lo explicamos en nuestra última película. Además, sobre todo fue una guerra de clases, porque ¿quiénes lucharon contra quiénes? ¿Quiénes intentan eliminar a quiénes? Esta discusión es mucho más compleja: también se podría hablar de la España pobre y la España rica, de la ultracatólica y la que quería salir del oscurantismo. En el mismo momento en el que se instaura la Segunda República, ya hay confabulaciones y partidos que quieren acabar con ella. En la película aparecen muchísimas entrevistas, incluso con algunas figuras que participaron directamente en la dictadura franquista, como es el caso de José Utrera Molina, uno de los últimos ministros de Francisco Franco. 

¿Cuáles fueron los principales retos para la producción? 

LP: Desde el primer momento quisimos hablar con las personas imputadas por la jueza argentina. Mandamos cartas a los 24 imputados. Y no sólo eso, sino que además fuimos a sus casas, no tanto para grabar con las cámaras, sino para hablar con ellos. Y tuvimos la gran fortuna de que José Utrera Molina nos recibiera. 

DP: En Alemania hay una gran tradición de documentalistas sobre el nazismo. En esa tradición la intención siempre era hablar con todos. Si tú te imaginas un posible juicio, y esa es la idea que está detrás de nuestra película, la jueza o el juez tendría que hablar con todos. No te puedes fiar de todo lo que te cuentan las víctimas, porque también se pueden equivocar. Y hemos intentado seguir de cerca lo que pone en el texto de la querella, que son cientos de páginas. Y ahí hemos buscado quién acusa a quién por asesinatos o torturas. Si no hablas con las dos partes, algo falta. Y claro, fue muy complicado encontrar a alguien en el lado de los imputados. Intentamos también hablar con Martín Villa o con Billy el Niño. Otro logro fue poder hablar con la hija de uno de los golpistas. Siempre buscamos, como el escritor Rafael Chirbes en sus novelas, la multiperspectividad. 

LP: Pero casi nadie nos respondió; sólo las altas instancias del Estado español, para rechazar entrevistas. En la Berlinale también se presentaron dos películas más sobre el franquismo. 

¿Creen que es casualidad o, más bien, se trata del signo de los tiempos? 

DP: No creo que sea casualidad, porque en los últimos 20 años se han hecho muchísimas películas sobre el tema de la memoria histórica en España. Otra cuestión es la visibilidad que tienen o por qué no se ven en la televisión en España. Incluso algunas de esas películas fueron producidas por Televisión Española. Durante la presidencia del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hubo varias películas sobre las fosas, sobre los niños robados. Pero sí es la primera vez que se aborda el juicio a los crímenes del franquismo cometidos después de la Guerra Civil. 

LP: Pero es lógico, porque la querella contra esos crímenes ya existe y sigue abierta, así que es probable que se hagan más películas sobre el tema. Esto no ha terminado: no ha hecho más que empezar, porque es posible que en el futuro haya más querellas o incluso un juicio en España. Este es un tema que no se va a cerrar. Se ha dicho una y mil veces que la transición española fue modélica. 

¿Creen que hay una versión un tanto edulcorada tanto dentro como fuera de las fronteras de España? 

DP: Modélica no fue. Eso está claro. Pero tampoco tan mala. Hay mucha gente ahora en España que ve todo muy negro sobre la transición. Hay que reconocer que eran tiempos muy difíciles, con una oposición que existía dentro del país, pero en la clandestinidad, y una oposición que estaba fuera del país y que llevaba 40 años en el exilio. Y luego había fuerzas reformistas dentro del franquismo, con ganas de cambiar las cosas, o, simplemente, de continuar en el poder. Para poder investigar todo eso habría que abrir los archivos y cuestionar el papel del rey Juan Carlos, que ahora se nos presenta como la persona que trajo la democracia, y no fue así. El sindicato Comisiones Obreras jugó un papel fundamental en su resistencia pacífica contra el régimen. Pero incluso otros grupos como ETA, el GRAPO [Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre] y el grupo de anarquistas MIL [Movimiento Ibérico de Liberación] jugaron un papel. Malo o bueno, ¿quién soy yo para juzgarlo? Todas son cosas que hay que analizar. Y si uno se fija bien, se puede decir que quienes ganaron fueron aquellos que ya estaban en el poder bajo Franco. Económicamente, no creo que se pueda decir que la izquierda sea la dueña del país. 

LP: Mi respuesta es clara: la de la transición es una versión edulcorada. Como con tantas cosas hoy en día, gustan las historias de héroes, las historias que acaban bien. Y la transición acaba bien porque desemboca en una democracia sólida, aunque ahora vemos que no lo es tanto, porque quedaron muchos cabos sueltos. Pero es evidente que se trata de una versión edulcorada: primero, porque no fue fácil, y segundo, porque no fue perfecta. Se vende la idea de que fue tan exitosa que es un modelo que se puede exportar a otros países, como, por ejemplo, Latinoamérica. Y esto no es cierto, porque cada país tiene sus particularidades y porque no fue tan perfecta como nos contaron. Hubo mucha gente que quedó muy descontenta: las expectativas eran muy altas, por ejemplo, con respecto a la memoria histórica. En la década de 1970, mucha gente comenzó a sacar los restos de sus familiares de las fosas. La gente no había olvidado, quería sacar a sus muertos, y esperaba que con el primer gobierno socialista de Felipe González se hiciese algo al respecto. Pero no se hizo. 

¿Hay un apagón informativo sobre ciertos episodios de la historia moderna de España? Por ejemplo, el papel del rey hasta hace muy poco parecía una figura intocable. 

DP: Sí, pero en una democracia no existen personas intocables. En una democracia tú tienes todo el derecho como ciudadano a criticar a tu rey, a tu presidente, a tu canciller. Entre los jóvenes en España hay un déficit democrático, un déficit con el que también nos costó mucho acabar en Alemania: después de la Segunda Guerra Mundial nos costó unas tres décadas escribir la verdad en los libros de texto. Y eso en España lo seguimos notando: los jóvenes se sorprenden con la información que aparece en nuestras películas. El sistema educativo no ha respondido a las preguntas que dejaron abiertas la dictadura de Franco y la transición. 

LP: Creo que ahora los jóvenes comienzan a interesarse por esos episodios históricos, pero este fenómeno también coincide con una época muy compleja. Las redes sociales ofrecen mucha información, pero muy superficial. Ni el sistema educativo ni la prensa tradicional están jugando ese papel ilustrador, sino que lo están jugando las redes sociales entre las generaciones más jóvenes, y eso conlleva cierto peligro. Además,esto está ocurriendo en un momento de crisis política, de crisis democrática y económica. Es una mezcla explosiva. En su película muestran el bloqueo institucional y judicial que hay en España respecto de los crímenes del franquismo tras el fin de la Guerra Civil. 

¿Tienen que venir los impulsos o la presión desde fuera de España para que se mueva algo? 

LP: Creo que ahora mismo, tal y como están repartidos los poderes en España, no es posible. Pero es una opinión personal. Por supuesto que hay jueces que estarían abiertos a la posibilidad de que se enjuiciasen los crímenes del franquismo en España. Pero, como se dice en nuestra película, eso está muy hablado por la gente que ahora mismo tiene el poder de decidir. Y en el caso que nos ocupa, esos son el Gobierno y la Fiscalía General del Estado. Tienen pensado hacer un tercer documental para cerrar su trilogía sobre el franquismo. 

¿Qué idea manejan para esa tercera entrega? 

LP: De momento es una idea, un boceto; no tenemos nada más. 

DP: Queremos mostrar el lado económico, el expolio del franquismo y cómo se enriquecieron los golpistas. 

LP: Y también cómo las grandes empresas españolas, muchas de ellas actualmente multinacionales, se hicieron ricas ya con la dictadura. Eso intentaremos explicar en la tercera película. 

DP: En general, los golpes de Estado casi siempre tienen más que ver con la economía que con la ideología.

LP: Por eso decimos que la Guerra Civil Española fue una guerra de clases. En mi opinión, lo que ocurre ahora en España tiene que ver con las fuerzas económicas, con el orden económico y con cómo está repartida la riqueza en el país.

Entrevista publicada por el diario uruguayo La Diaria.

martes, 20 de marzo de 2018

Los bancos de alimentos, el “sismógrafo” de la pobreza en Alemania

Karola nunca creyó que llegaría a la tercera edad en esta situación: a sus 70 años, hoy hurga en un contenedor de desechos orgánicos. Busca verduras o frutas que todavía sean comestibles. Esta jubilada alemana ya tiene la donación semanal que recibe todos los lunes en un banco de alimentos del distrito berlinés de Neukölln frente al que ahora revuelve en la basura; sin embargo, cuando viene aquí, intenta hacer el máximo acopio posible para llegar con mayor holgura a fin de mes. Karola recibe 600 euros mensuales de jubilación, complementados por algo más de 100 euros de subvención estatal. Una vez pagado su alquiler, que asciende a 500 euros, le quedan unos 200 para comer a diario. 

“Podría alimentarme con ese dinero, pero, y aunque me avergüenza, prefiero acudir a este banco de alimentos. Así puedo ahorrar algo para comprar cosas necesarias o hacer frente a gastos imprevistos”, dice la pensionista con las manos todavía manchadas por los desperdicios orgánicos. Karola, que trabajó toda su vida como vendedora de flores e incluso tuvo su propio negocio, es jubilada, pobre y forma parte del casi medio millón de pensionistas que acuden anualmente a los más de 900 bancos de alimentos repartidos por la geografía del país más rico de la Unión Europea. 

Según las datos oficiales de la federación de bancos de alimentos de Alemania, alrededor de millón y medio de personas se sirvieron en 2016 de las donaciones de comestibles de estas iniciativas privadas apoyadas por voluntarios que se encargan de recuperar alimentos que de otra forma acabarían desperdiciados. Esa cifra, que no se actualiza anualmente, es hoy muy probablemente mayor, aseguran desde la federación. Aunque la cantidad de personas en la tercera edad se ha doblado en los últimos años, la mayoría de los beneficiarios (53%) son ciudadanos en edad laboral, con o sin trabajo. La coordinadora de bancos de alimentos ha detectado, además, un repunte entre niños y jóvenes dependientes de la beneficencia. La (creciente) pobreza tiene muchas caras en Alemania.

Esas estadísticas llevaban mucho tiempo ahí, pero aterrizaron en los medios casi de rebote, de mano de una noticia que generó perplejidad: el pasado diciembre, la dirección de un banco de alimentos de la ciudad de Essen anunciaba que no aceptaría a más beneficiarios que no pudieran acreditar la nacionalidad alemana. Todos aquellos peticionarios de ayuda sin pasaporte alemán quedaban, por tanto, excluidos. “Debido a que, durante los últimos, años el porcentaje de conciudadanos extranjeros entre nuestros clientes ha crecido un 75% a causa del aumento de refugiados, nos vemos obligados a aceptar sólo a personas con un documento de identidad alemán para garantizar una integración racional”, apuntaba una breve nota en la web de la organización.

Pese a las numerosas críticas, la medida, vigente hasta finales de marzo, ha sido defendida a capa y espada por Jörg Sartor, director del banco de alimentos de Essen. Sartor asegura que la decisión no tiene trasfondo xenófobo alguno, y simplemente persigue una distribución más equilibrada de los alimentos así como la atención de las quejas de algunas jubiladas alemanas, que acusaron de mal comportamiento a beneficiarios de origen extranjero. Según datos facilitados por la federación de bancos de alimentos, el porcentaje de beneficiarios extranjeros asciende al 60% en todo el país, un porcentaje que alcanza el 80% en el Estado de Renania del Norte-Westfalia, en el que está Essen.

"Nueva cuestión social alemana"

El caso de Essen ha generado un debate público en Alemania, donde el aumento de la pobreza no sólo se nota en calles, sino que también se ha instalado en la agenda política. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, incluso citó el banco de alimentos de la discordia en su discurso durante el nombramiento del nuevo gobierno de Gran Coalición de la canciller Merkel: “La creciente polarización en la mayoría de sociedades europeas, pero también en la nuestra, salta a la vista. Una polarización que no sólo se refleja en el banco de alimentos de Essen, sino en todo el país”.

   

Y mientras Steinmeier llama la atención sobre la creciente desigualdad en el país más rico y poderoso de la UE, la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) no deja pasar la ocasión de aplaudir la decisión tomada por el banco de Essen. Destacadas figuras de AfD hace tiempo que hablan, no en vano, de la “nueva cuestión social alemana” y defienden que el mantenimiento del Estado de bienestar sólo es posible con una política de fronteras cerradas. En su modelo de país sólo hay sitio para los pobres autóctonos.

El caso de Essen no sólo genera debate en las altas instancias del Estado y en la clase política germana, sino también entre los mismos receptores de la beneficencia. Para comprobarlo, basta con visitar dos bancos de alimentos de Berlín situados en Wedding y Neukölln, dos distritos históricamente habitados por trabajadores y con un alto porcentaje de población de origen inmigrante. Entre los beneficiarios, alemanes o extranjeros, hay opiniones de todo tipo.

Conny tiene 53 años y está prejubilada por enfermedad. Recibe 768 euros mensuales de pensión. Trabajó de muchas cosas: en una fábrica, en el sector servicios, en un bar... Su salario fue por general bajo, con lo que también lo fueron sus contribuciones a la seguridad social. Conny tiene un hijo de 20 años, pero vive sola y se ve obligada a acudir al banco de alimentos de Neukölln para poder llegar a fin de mes. Carga con dureza contra la decisión tomada por el banco de Essen y también contra las políticas sociales de los sucesivos gobiernos alemanes de los últimos 15 años. El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) es el principal blanco de sus críticas, pues ha dejado de ofrecer una alternativa realmente social. “Pero parecen no darse cuenta”, dice.

Svetlana es una madre soltera de unos 40 años. Originaria de Kazajistán, lleva una década viviendo en Alemania. Esta es la segunda vez que viene a buscar comida a un banco de alimentos. Si se hubiese enterado antes, asegura, también habría venido antes. Svetlana tiene trabajo, pero lo que gana no le llega para pagar el alquiler (530 euros por un apartamento de una sola habitación), asumir todos los gastos derivados de la casa y además alimentar a su hija. Por eso, viene a buscar comida. Svetlana no entiende muy bien la decisión tomada por el banco de alimentos de Essen, así que prefiere no opinar.

Helga Nautojat es un jubilada de 63 años. Asegura que los alimentos que acaba de recoger no son para ella, sino para una amiga jubilada que está enferma y no puede salir de casa. Helga es viuda y cobra 1050 euros de pensión. Además, paga unos 800 euros de hipoteca. Por tanto, le quedan 250 para hacer frente al pago de luz, agua y el resto de eventuales costos. Reconoce que el dinero le llega muy justo para comer todos los días. No le parece bien la decisión del banco de Essen de excluir sólo a extranjeros: “Sencillamente, los podrían haber separado”.

Jubilados y madres solteras

Hay dos perfiles predominantes entre los beneficiarios del banco de alimentos de Neukölln: los jubilados y las madres solteras (desempleadas o trabajadoras). Así lo asegura su director, Karsten Böhn, quien reconoce que la cantidad de peticionarios de ayuda ha aumentado notablemente en los últimos años. “Este tipo de bancos son el auténtico sismógrafo de la magnitud de la pobreza en Alemania”, asegura, mientras decenas de personas desfilan frente a su despacho para hacer acopio de alimentos a cambio de un simbólico euro. Si la canciller Merkel le pidiera medidas concretas para combatir la pobreza y la desigualdad, le daría dos sin dudarlo ni un segundo: el aumento de salario mínimo actual de algo más de 8,84 euros la hora hasta, al menos, 11 (para combatir la llamada “pobreza trabajadora”) y el incremento de la ayuda de subsistencia o Hartz IV, que calcula algo más de 4 euros diarios para comida.

“En Alemania nadie tiene por qué pasar hambre”, zanja Siemen Dallmann, director del banco de alimentos del distrito de Wedding. “La gente viene aquí para poder dedicar el poco dinero que tiene a gastos que les sería imposible asumir si tuviese que invertirlo todo en comida. Y ese es precisamente el objetivo de estos bancos. El problema es que cada vez más gente a acude a nosotros y las donaciones de alimentos también comienzan a reducirse”. Y ahí parece estar precisamente la fuente de conflicto en algunos bancos como el de Essen, que la fuerza ultraderechista más exitosa de la historia de la República Federal no desaprovecha para intentar enfrentar a los pobres alemanes con los extranjeros.

Queda la sensación de que si AfD no fuese actualmente la tercera fuerza del Bundestag, en el que además a partir de ahora liderará la oposición parlamentaria a la nueva Gran Coalición, la decisión del banco de Essen y el consecuente debate nunca se habrían producido. “Un cosa está clara”, reflexiona Siemen Dallmann, “desde que AfD existe y está en el Bundestag, aquí y allá hay gente que se atreve a decir cosas que antes no habría dicho. Dudo que los representantes del banco de Essen sean simpatizantes de AfD. Pero, en general, sí es verdad que 15 años atrás, la gente que hoy vota a AfD ya existía y escondía sus opiniones. Hoy todo esas posiciones son mucho más públicas, porque incluso hay un partido en el Parlamento que defiende lo mismo abiertamente”.

Reportaje publicado por El Confidencial.

domingo, 18 de marzo de 2018

Alemania compra tiempo

Cuando Angela Merkel sea investida canciller hoy en el Bundestag, habrán pasado casi seis meses desde las últimas elecciones. Desde su fundación en 1949, la República Federal nunca antes había tardado tanto en formar gobierno, nunca antes había vivido tanto tiempo bajo un gobierno de funciones. El transcurso de estos últimos seis meses dejó en evidencia que el país más poblado, rico y poderoso de la Unión Europea está aprendiendo a vivir en un escenario que hasta ahora le era desconocido: la inestabilidad política. 

Las elecciones federales del 24 de setiembre arrojaron unos resultados históricos en muchos aspectos: la “gran coalición” gobernante –integrada por las conservadoras Unión Cristianodemócrata (CDU) y Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), y también por el Partido Socialdemócrata (SPD)– perdió casi 14 puntos respecto de los comicios anteriores. Las elecciones dejaron, además, el Parlamento federal más fragmentado de la historia reciente del país (con siete organizaciones políticas repartidas en seis fracciones parlamentarias), y, sobre todo, permitieron que la joven ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) obtuviera un sensacional resultado: con 12,6% de los votos, se convirtió en la tercera fuerza más votada, todo un golpe simbólico para un país con una historia marcada a fuego por el nacional-socialismo y el holocausto. 

La presencia de la ultraderecha y la fragmentación del tablero político son precisamente los dos principales factores que explican por qué Alemania ha necesitado esta vez tanto tiempo para formar un gobierno de coalición. La constante amenaza de una repetición electoral como telón de fondo, en la que la ultraderecha podía incluso mejorar su resultado, condicionó inevitablemente unas negociaciones de por sí muy complicadas entre los partidos con intención de gobernar. El inesperado fracaso de la llamada Coalición Jamaica fue un ejemplo de ello. 

La coalición imposible 

“Es mejor no gobernar que gobernar mal”. La madrugada del 19 de noviembre dejó una frase que probablemente pasará al panteón de sentencias políticas históricas de la República Federal. La pronunció a altas horas de la noche el presidente del Partido Liberal (FDP), Christian Lindner. Tras semanas de duras e intensas conversaciones con la unión conservadora liderada por Merkel y los ecologistas Los Verdes, Lindner anunciaba que su partido se retiraba de la mesa de negociaciones. La llamada Coalición Jamaica (por los colores de los partidos implicados –negro, verde y amarillo–), hasta ahora inédita en el gobierno federal, se demostraba así como imposible. Dos meses después de las elecciones, Merkel se situaba de nuevo en la casilla de salida para intentar formar un gobierno estable. 

Tras unos resultados electorales marcados por el fantasma ultraderechista y por la fragmentación, el fracaso de la Coalición Jamaica era la siguiente prueba de que Alemania se estaba adentrando en un territorio hasta ahora desconocido por el país: el de la incertidumbre política. Si algo había precisamente caracterizado la vida política e institucional de Alemania, eso había sido la estabilidad política. 

“La colaboración entre la CDU, la CSU y el SPD termina hoy. Seremos oposición”. En Berlín, en la noche del 24 de diciembre de 2017, pocas horas después del cierre de los colegios electorales, el entonces presidente del SPD, Martin Schulz, pronunciaba con pasmosa rotundidad esa sentencia que tendría que tragarse pocos meses más tarde. El SPD acababa de cosechar su peor resultado electoral desde 1949. 

Con 20,5% de los votos, el líder de los socialdemócratas alemanes decía en el horario de máxima audiencia y en la televisión pública que sólo había un camino para recuperar la credibilidad de su partido: la oposición parlamentaria. Schulz aprovechó, además, la ocasión para lanzar duros ataques a Merkel, quien, también presente en el estudio de televisión, encajó los golpes bajos con una media sonrisa. Hoy Schulz, quien renunció a la presidencia del SPD hace semanas, es un cadáver político. Merkel, por su parte, está a punto de ser investida canciller por cuarto mandato consecutivo. 

Tras el fracaso de la Coalición Jamaica, Merkel no dudó en poner en marcha la opción de reeditar la Gran Coalición. Un gobierno entre conservadores y socialdemócratas era su última carta para formar un gobierno estable y evitar un Ejecutivo en minoría. Con la amenaza de convocar nuevas elecciones como as en la manga, Merkel obligó a Schulz y los suyos a sentarse a la mesa de negociaciones. A finales de febrero, y tras unas conversaciones relativamente rápidas, la CDU CSU y el SPD anunciaban un pacto de gobierno. Alemania tendrá así un nuevo ejecutivo de Gran Coalición (el tercero de cuatro legislaturas), mientras que el SPD se sigue hundiendo en las encuestas. 

Crisis existencial del SPD 

Desde las elecciones de setiembre, los socialdemócratas celebraron dos congresos extraordinarios y un referéndum entre sus bases para dar la luz verde definitiva a la Gran Coalición. Tanta democracia interna es, en realidad, más síntoma de una crisis existencial que de un afán de la dirección del partido de refrendar sus grandes decisiones entre la militancia. En las últimas semanas, después del anuncio del pacto de Gran Coalición, algunas encuestas apuntaron incluso algo impensable tan sólo hace unos meses: la ultraderecha de AfD superaba en intención de voto al SPD, que caía hasta 15,5% de los votos. La falta de credibilidad política podría llevar ahora al partido más antiguo de Alemania a las puertas de la irrelevancia. 

“Renovación” es en estos días la palabra que la nueva dirección socialdemócrata utiliza para generar ilusión y confianza en el futuro de un partido cuyo derrumbe parece hoy imparable. La designada nueva presidenta de la formación, Andrea Nahles, promete que su presencia en el gobierno supondrá un claro acento social en las políticas de Merkel. Sin embargo, Nahles parece olvidar una estadística demoledora: el SPD ha perdido 50% de sus votantes en los últimos 20 años, aproximadamente la mitad de los cuales ha gobernado en coalición con la canciller democristiana. La siguiente cuestión se hace así inevitable: si la participación en las grandes coaliciones ha ido acompañada hasta ahora por un desgaste electoral socialdemócrata, ¿por qué esta vez debería ser diferente? 

Un país vecino como Austria, con una historia estrechamente ligada a la de Alemania, podría tal vez servir de referencia a la socialdemocracia germana para hacerse una idea de lo que podría deparar el futuro próximo: grandes coaliciones de conservadores y socialdemócratas gobernaron Austria de manera prácticamente ininterrumpida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En las últimas elecciones legislativas, de octubre, la ultraderecha del Partido de la Libertad de Austria fue la tercera fuerza más votada, con casi 26% de los sufragios y a menos de un punto de distancia del Partido Socialdemócrata de Austria. Hoy, una coalición de conservadores y ultraderechistas gobierna ese país. 

Alemania contará a partir de mañana con un gobierno de una mayoría parlamentaria suficientemente holgada para afrontar los desafíos internos y externos a los que se enfrentan Europa y el mundo. Sin embargo, parece difícil que la nueva Gran Coalición pueda frenar su pérdida de apoyo electoral, sufrida ya en las últimas elecciones. La ultraderecha de AfD liderará, como tercer partido más votado, la oposición parlamentaria en el Bundestag, una posición privilegiada para seguir agitando su discurso antiestablishment, cada vez más marcadamente ultranacionalista, islamófobo y xenófobo, e intentar así imponer al menos una parte de su agenda. 

Esta nueva Gran Coalición no parece nacer, en definitiva, del convencimiento político de que traerá lo mejor para el país, sino de una urgencia generada por la actual inestabilidad política. Cuando la era Merkel comienza la que probablemente sea su última legislatura, Alemania se dispone a comprar tiempo.

Artículo publicado el 18 de marzo de 2018 por el diario uruaguayo La Diaria.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Stalin: la divinitat socialista d’Alemanya oriental

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

“Estudia Stalin. Aprèn de Stalin. Lluita amb Stalin”. Berlín, desembre del 1949. La recentment fundada República Democràtica Alemanya (RDA) celebra l’aniversari de Ióssif Vissarionóvitx Stalin. La seu del Partit Socialista Unificat d’Alemanya (SED), situada al mateix centre d’una capital alemanya que encara es recupera dels estralls de la Segona Guerra Mundial, apareix engalanada amb frases propagandístiques i ortodòxia comunista. Un enorme mural amb el rostre de Stalin presideix l’edifici. Al més pur estil del Gran Germà imaginat per George Orwell, “el líder i mestre de la humanitat” clava la seva dura i freda mirada en l’objectiu de la càmera que immortalitza el moment.

L’estalinisme va tenir una versió alemanya durant un període de la història poc estudiat i que encara avui continua sent incòmode per a alguns en un país ja molt marcat pels dotze anys de nacionalsocialisme. L’exposició Der rote Gott. Stalin und die Deutschen [El déu roig. Stalin i els alemanys] intenta ara omplir aquest buit. 

“Pràcticament cap altre polític estranger del segle XX va exercir una influència tan persistent sobre Alemanya com el polític georgià, que, sota el nom de guerra de Stalin, va estar gairebé trenta anys al capdavant de la Unió Soviètica”, escriu Hubertus Knabe, director acadèmic del Centre Commemoratiu Berlín-Hohenschönhausen. Aquest complex d’edificis grisos, situat al profund Berlín Est, va ser un centre de repressió política durant pràcticament tota l’existència de la RDA. Per les seves cel·les hi van passar víctimes de les purgues que va posar en marxa l’estat socialista els primers anys després de la guerra. Avui, una de les seves sales, situada just damunt d’una presó secreta de la policia soviètica, acull l’exposició El déu roig fins al 30 de juny. És una decisió simbòlica per honrar les víctimes de l’estalinisme alemany. 

“Aquells que van ocupar les posicions de poder més altes fins al final de la RDA, com ara Erich Honecker i la seva dona, Margot Honecker, eren estalinistes de primera hora. Honecker, com a cap de la Joventut Lliure d’Alemanya [FDJ, joventuts socialistes de la RDA], va ser, per exemple, un dels principals protagonistes del culte a Stalin”, explica a l’ARA Andreas Engwert, comissari de l’exposició. L’autoritarisme va ser “el fil conductor” de l’estat oriental alemany de principi a fi, considera Engwert. 

Deïtats seculars 

La Unió Soviètica i els seus estats satèl·lit van posar fi a la rellevància social de la religió, però, al seu lloc, van crear noves deïtats del marxisme-leninisme, la infal·libilitat de les quals estava fora de tota discussió. El culte a la figura de Stalin n’és una prova. “El geni més gran de la nostra època”, “El creador del socialisme”, “Genial estrateg” o “El millor amic del poble alemany” van ser alguns dels noms que el dictador soviètic va rebre a l’Alemanya Oriental. 

© Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen

El socialisme autoritari de la RDA també necessitava divinitats seculars per combatre els dubtes sobre els dogmes marxistes-leninistes. Tot i que el règim va intentar establir cultes a la personalitat de líders comunistes locals, com ara Ernst Thälmann, Wilhelm Pieck o Walter Ulbricht, cap d’ells es va ni tan sols acostar a la propaganda construïda sobre la figura de Stalin. Això comença a canviar l’any 1953: a la Unió Soviètica, la mort de Stalin dona pas, a partir del 1956, a un procés públic batejat com a desestalinització, que el govern de l’RDA executa molt més tard i de manera més silenciosa. Els bustos i les estàtues, així com els noms de carrers i places dedicats a Stalin, desapareixen de la quotidianitat de la RDA a partir del 1961. El simbolisme estalinista s’esfuma de sobte de l’espai públic, però la repressió contra ciutadans i rivals polítics no cessa, només se sofistica. 

El déu roig rastreja, recopila i ofereix d’una manera un pèl caòtica les restes d’una doctrina absolutista que, incomprensiblement, va seduir importants segments de l’esquerra emancipadora mundial i va deixar la seva empremta a Alemanya. La RDA, que es va autoconsiderar fins al seu enfonsament l’únic estat alemany veritablement antifeixista, va conservar fins a l’any 1989 un caràcter inequívocament autoritari, com demostren les fotografies, els vídeos, els retalls de diaris i els documents oficials de l’exposició. 

“A l’Alemanya de l’Est només va ser possible fer una anàlisi oberta de l’experiment soviètic, les relacions entre Alemanya i la Unió Soviètica i les experiències de la guerra d’extermini, l’ocupació i l’estalinisme a partir de la tardor del 1989”, opina Jan C. Behrends, historiador del Centre d’Investigació d’Història Contemporània (ZZF) de Potsdam. “Al llarg de quatre dècades, parlar amb llibertat sobre la Unió Soviètica, Rússia i Stalin va ser impossible a la RDA. I això és també una herència del comunisme que segueix influint el nostre present”, afegeix Behrends. 

L’antifeixisme cosmopolita, objectiu de purgues 

“Els funcionaris comunistes que van ser empresonats a l’Alemanya Oriental eren, en general, els que havien fugit de Hitler a l’exili occidental i no a la Unió Soviètica. És a dir, comunistes que van viure a França, Espanya o Mèxic”, apunta l’historiador Andreas Engwert, comissari de l’exposició El déu roig. Stalin i els alemanys. L’estalinisme erigit per la Unió Soviètica va mostrar una desconfiança sistemàtica cap a aquells militants antifeixistes que havien lluitat contra el hitlerisme a l’Europa Occidental o contra el franquisme durant la Guerra Civil Espanyola. 

És el que Andreas Engwert descriu com “l’odi a l’antifeixisme cosmopolita” que, en ocasions, podia desembocar també en antisemitisme. Militants comunistes i antifeixistes que, fins i tot, havien demostrat en públic admiració per Stalin van ser víctimes de les seves purgues polítiques. La ràbia generada per aquest autoritarisme paranoic es va deixar notar pocs mesos després de la mort del dictador: el 17 de juny del 1953, la RDA va viure la seva revolta popular més gran contra la influència soviètica. Va ser, però, durament reprimida.

Reportatge publicat pel Diari Ara.